China prepara el cambio de modelo

Los políticos chinos tienen muchas razones para no conciliar el sueño. Si están entre los 3.000 delegados (equivalentes a los diputados españoles) que ayer dió comienzo en Pekín al pleno anual de la Asamblea Nacional Popular (el Parlamento) es posible que la contaminación sea la primera que les asalte. “Estoy tan acorralado por la terrible calidad del aire que no consigo concentrarme en la creación artística”, reconoció el famoso director de cine Chen Kaige (‘Adiós a mi concubina’) al inicio de la Conferencia Consultiva Política en la que se presentaron el fin de semana miles de iniciativas para mejorar el rumbo de la segunda potencia mundial.

Es evidente que la polución no se encuentra entre las prioridades de los dirigentes chinos. No obstante, la creciente disparidad entre clases sociales, una de las mayores críticas del grueso de los 1.400 millones de chinos, sí que lo está. Porque ahí reside uno de los principales factores que pueden detonar la temida bomba de la inestabilidad social, y también reside ahí la clave para llevar a cabo con éxito la imperiosa transformación del modelo económico del país.

El gigante asiático necesita convertirse en una potencia movida por el consumo interno y no por la inversión extranjera, y un aumento de la capacidad adquisitiva de las clases baja y media es la única vía para conseguirlo. «Necesitamos crecer menos, pero crecer mejor», dijo en la anterior cita anual Wen Jiabao, quien ahora cederá el puesto de primer ministro a Li Keqian. Pero poco se ha avanzado al respecto.

La responsabilidad de dirigir ese cambio, y muchos otros que se esperan en otros ámbitos, recaerá en Xi Jinping. El actual vicepresidente sustituirá a Hu Jintao al frente del Ejecutivo al final de la Asamblea, que elegirá a los diez miembros del Consejo de Estado. Este relevo supondrá la entrada en escena de la quinta generación de líderes comunistas, teóricamente más abiertos y pragmáticos que sus antecesores pero no lo suficiente como para iniciar las reformas políticas que algunos ansían. Otro de los caballos de batalla del Ejecutivo que salga de esta Asamblea será la corrupción. Internet y las redes sociales se han convertido en un poderoso mecanismo de control para la población china, que no perdona a quienes se llenan la cartera con dinero público o con malas artes. Por eso, el desenlace del caso de Bo Xilai, ex secretario general del Partido Comunista en Chongqing y protagonista del mayor escándalo político del país en las últimas tres décadas, se espera con ansiedad, pero no es, ni mucho menos, el único.

“China tiene buenas leyes, pero deberían ser de aplicación también al Partido. Ninguna organización o individuo puede estar por encima de la Constitución y de la ley”, dijo el pasado lunes Chen Guangcheng, el abogado que denunció los abortos forzosos en zonas rurales y se exilió en Estados Unidos después una huida de película para dar esquinazo a los matones que lo mantenían bajo arresto domiciliario, que concluyó en la Embajada de ese país. Como muchos disidentes, Chen no espera gran cosa de la era Xi.

Que también puede estar marcada por fuertes conflictos internacionales. El de Corea del Norte es el más cercano. Kim Jong-un no ha respondido a las expectativas de reforma y ha continuado, por mucho que estreche la mano de estrellas de la NBA y acuda a funciones de Mickey Mouse, con el tono belicista que marcó su padre, Kim Jong-il. Su programa nuclear militar sonroja a Pekín, que está considerando la posibilidad de reducir la ayuda a su tradicional aliado e incluso permitir que la comunidad internacional decrete sanciones contra el régimen de los Kim.

Tíbet y Japón

Pero más peligroso, si cabe, es el conflicto que enfrenta a China y Japón por la soberanía de las islas Diaoyu. Habrá que esperar a ver cuál es el presupuesto que la Asamblea aprueba para el Ejército, pero todo apunta a que el país de Mao continuará con su apuesta por aumentar de forma exponencial la capacidad de combate en el mar. Y eso no solo provoca sudores fríos en Tokio, también en el resto de países cuyas costas baña el Mar de China Meridional. Filipinas, Vietnam y Taiwán están en el punto de mira, y Estados Unidos vigila con cautela.

Finalmente, el Gobierno que salga de la ANP tendrá que enfrentarse al creciente malestar en las zonas habitadas por los tibetanos, cuyas inmolaciones suman ya 107 desde 2009. «Los tibetanos se prenden fuego porque la política china reprime su cultura y les impide profesar libremente su religión», aseguró a este periódico el primer ministro del Gobierno de Tíbet en el exilio, Lobsang Sangay. «Pekín ha de cesar en su intento de convertir a los tibetanos en una minoría en su propia tierra, porque solo va a conseguir aumentar el resentimiento hacia su poder». Y, sin duda, al Partido Comunista no le interesa extender la animosidad que ya provoca.

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